¿Nunca os habéis bañado en la playa mientras llueve? Es la mejor sensación del mundo, os lo aseguro. Empiezas a nadar y todo lo que te rodea es agua, parece que te vas a quedar atrapado en ese instante para siempre. Y quieres quedarte así.
Pero lo mejor es cuando te sumerges y empiezas a bucear. Miras hacia arriba y ves como las gotas se estrellan contra el mar, intentando pasar, intentando tocarte. Pero no pueden, nunca podrán. En ese momento te das cuenta de que necesitas respirar, y vuelves a la superficie. Las gaviotas se balancean con el viento intentando esquivar la lluvia mientras el Sol lucha por quedarse un rato más. Yo quiero que se quede, pero sé que al final siempre se acaba yendo.
Si vuelvo a la orilla, la arena golpea mi cara con violencia, recordándome que no es ese el sitio que me corresponde. Me vuelvo a zambullir, pero esta vez nado sin parar, sin escuchar las voces que me gritan que me pare. No quiero avanzar demasiado, pero tampoco quiero pararme. Ya desde pequeño me di cuenta de que cuando nadas lo único que importa es lo que tienes delante, y delante siempre tienes agua. No tengo miedo de hundirme, porque sé que cuando deje de nadar el fondo estará cerca de mis pies, invitándome a quedarme allí el resto de mi vida.
Me fui, pero no me guardes rencor por ello. Volveré, nuestra historia aún no tiene escrito su final. Yo estoy lejos de ti, pero mi corazón sigue allí, enterrado bajo la arena de tus playas.