Nunca te llegué a conocer, pero te soñé durante
años. Con tus gritos sordos siempre llamas a la puerta del frenesí helado al
que llamamos juventud. Solo sé desplazarme lentamente, con manos balbuceantes y
una mirada no muy segura del fuego que parece albergar en su retina. Tu poder
reunido en una sola forma, la mejor versión de una curva trazada por caminos
sinuosos que inevitablemente terminan en espadas susurrantes.
Ni siquiera me diste tiempo de dibujar un mapa, pero tú vas a hacer
que consiga la brújula. Aún sigo sin entender cómo puede alguien dejar de
anhelar tener tropiezos en todas y cada una de las imperfecciones de tu ser,
suplicando piedad a unos oídos que solo desean placer. Déjame volar, porque el
amor no puede basarse en esta unión que tanto me esclaviza y me posee. No son
sonrisas de satisfacción lo que te concedo, sino peticiones desesperadas de
pactos de no agresión.
Vil enemigo es tu perfume, lluvia de verano aderezada con esencia de
libro de buhardilla, con el que pierdo el sentido de cualquier sentido, para
entregarme a lo que sea que me aguarde. Pudiendo ser mujer, pudiendo ser un
hombre, eres más, eres todo y eres nada, vives en mí pero apareces cuando no
puedo reaccionar. Con recortes de viejas revistas mejoré cada ápice de tu existencia,
y ahora con orgullo puedo afirmar que me has vencido.