viernes, 17 de julio de 2015

Deriva



  
Nunca te llegué a conocer, pero te soñé durante años. Con tus gritos sordos siempre llamas a la puerta del frenesí helado al que llamamos juventud. Solo sé desplazarme lentamente, con manos balbuceantes y una mirada no muy segura del fuego que parece albergar en su retina. Tu poder reunido en una sola forma, la mejor versión de una curva trazada por caminos sinuosos que inevitablemente terminan en espadas susurrantes.

Ni siquiera me diste tiempo de dibujar un mapa, pero tú vas a hacer que consiga la brújula. Aún sigo sin entender cómo puede alguien dejar de anhelar tener tropiezos en todas y cada una de las imperfecciones de tu ser, suplicando piedad a unos oídos que solo desean placer. Déjame volar, porque el amor no puede basarse en esta unión que tanto me esclaviza y me posee. No son sonrisas de satisfacción lo que te concedo, sino peticiones desesperadas de pactos de no agresión.

Vil enemigo es tu perfume, lluvia de verano aderezada con esencia de libro de buhardilla, con el que pierdo el sentido de cualquier sentido, para entregarme a lo que sea que me aguarde. Pudiendo ser mujer, pudiendo ser un hombre, eres más, eres todo y eres nada, vives en mí pero apareces cuando no puedo reaccionar. Con recortes de viejas revistas mejoré cada ápice de tu existencia, y ahora con orgullo puedo afirmar que me has vencido.

El Sol quema mi torso desnudo, ¿por qué me dejas ahora? Te levantas y te vistes con tu abrigo negro que te cubre hasta las piernas. ¿Por qué abres la puerta? En la calle solo corre el viento, que se comporta como el gato de las hojas caídas. Sé que no llevas zapatos solo para sentir el frío en tus pies y reafirmar que aún eres lo que un día decidimos que dejarías de ser. No huyas, porque en realidad no te veré más. Sí, esta vez puedo estar seguro de que aunque tú te vayas, soy yo el que está escapando. La sonata de estío ya no volverá a sonar en aquella vieja viola que solías tocar con virtuosa habilidad.