Silencio en las calles.
Oscuridad en las aceras. Los semáforos cambian al azar mientras contemplan
nuestra vida en la noche. Detrás de cada paseo aún sigo buscando los motivos
que me llevaron a caer otra vez en el error de mirarte de la manera en que lo hago
cuando atacas sin piedad mis puntos débiles. Será por tus mejillas encendidas,
o quizás será por esa melena entrometida que no me deja huir de tu lado, pero
ya tienes el poder de insistirme sin ni siquiera intentarlo.
Tú me prometiste
lluvia, yo te prometí esperanza. Por desgracia los dos cumplimos nuestra
palabra igual de mal. Somos conscientes de que ninguna flor dura dos
primaveras, pero intentemos usar el amor hasta llevarlo a los límites de su
quebradiza existencia. Tumbados en una cama deshecha o deshaciendo kilómetros
desde una cama, cualquier excusa es buena para cerrar los ojos y seguir
haciendo que todo fluya. Dejémonos llevar, es lo único que nos queda por hacer.
Aquel mes de abril que
pereció pasto de llamas provocadas, vuelve ahora con más fuerza que nunca
repitiéndome aquello de “lo bueno y breve…”. Pero nunca será breve, porque
aunque muera, siempre estará en nuestros recuerdos con la misma intensidad que
aquel octubre donde nació. Nuestras locuras momentáneas, nuestras expresiones
sin sentido que sin embargo están cargadas de él o las simples curvas de tu
pensamiento son ya la dosis de un adicto que clama al cielo para que no seas
solo un lugar en su memoria.
Puede que me esté
equivocando, quizá la distancia no sea un pilar sólido para atar nuestros
sentimientos, pero la verdad es que si tengo que equivocarme de alguna forma,
que sea contigo. Y que sea así.
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