sábado, 15 de noviembre de 2014

Brother and childhood

Aquel día me pareció una buena idea subirme a su carrito y empujarlo con fuerza mientras levantaba su parte trasera. Pensaba que se iba a poner a llorar, como siempre hacía, pero sorprendentemente empezó a reírse a carcajadas mientras miraba al cielo. Siempre fuimos tal para cual, él el alfa y yo la omega, él el noche y yo el día, las dos partes antagónicas de un puzle que encajaba en perfecta armonía. Vale, muchas veces era cierto que las que le gastaba no eran ni medio normales, pero a pesar de eso, siempre era uno de los dos el que estaba dispuesto a saltarse esa barrera de seis años que nos separaba y empezar a hablar como si ambos tuviéramos la misma edad. No era la persona más rápida hablando, pero yo siempre le echaba paciencia y lo escuchaba poniendo tanto interés como podía.

Es curioso el momento en el que te das cuenta de que tu hermano está creciendo mucho más rápido de lo que crees. En mi caso, un día mientras hablábamos, advertí que estaba manteniendo una conversación con una persona que parecía tener mi edad. Pero no tenía mi edad. Crecía, su niñez se escapaba junto con su inocencia, y lo único que podía hacer yo era aceptarlo con resignación. En poco tiempo, se encontraría inmerso en una sociedad que intentaría devorarlo, una sociedad que se rige por la ley del más fuerte y que no tiene piedad con los débiles. Una sociedad totalmente distópica.

¿Qué es lo queda de nuestra infancia cuando somos adultos? A veces pienso detenidamente en este tema, y miro hacia la pizarra de mi clase con tristeza y nostalgia. Mi yo del pasado, el que era un terremoto y no se estaba quieto en clase, probablemente estaría separado en una esquina de la clase por no parar de hablar. Pero allí estoy yo, tomando apuntes como un poseso y organizando la tarde para hacer deberes. Supongo que se podría considerar un avance o una mejora, pero, ¿era feliz?

A pesar de ir haciéndome mayor, podía volver a ser un niño y revivir esos momentos cuando quería, esta era la mayor ventaja de tener un hermano pequeño. Mi padre siempre contaba una anécdota que le parecía muy graciosa: un día, mientras me vestía para quedar con mi novia, me vio en mi cuarto jugando con un avión de juguete. Ese día llegué tarde a la cita. Mi hermano siempre estaba muy contento de tener un hermano mayor, pero no sabe que yo lo estaba incluso más de tener uno pequeño, y que además fuera como él. Una de las cosas que hacíamos cuando nos tumbábamos en mi cama, era poner la oreja sobre el corazón del otro. Normalmente me solía decir que el mío iba bastante lento y que parecía ser muy gordo. Nunca usaba la palabra “grande”, siempre decía “gordo”. Muy simpático.

Nunca dejaremos de ser unos críos. Por mucho que digamos que tenemos maneras, que somos educados, siempre estaremos pensando lo mal que nos cae fulanito o menganito y que ojalá pudiéramos tirarle tierra, como se hacía en los patios de los colegios. Hacer mejores amigos en cuestión de minutos, pasar de pelarte con alguien a jugar con él en cuestión de minutos, inventarte juegos con un palo y varios setos sin podar o incluso llorar hasta la saciedad porque las cosas no salen como tú quieres.


“Carpe diem” porque “tempus fugit” y me gusta mucho el “locus amoenus”. Perdonad, iba a terminar la entrada de una manera seria, ¿pero a que
quedan bien unas expresiones latinas de gratis? De pequeño era un graciosillo, y quiero que me recuerden como tal. 

sábado, 31 de mayo de 2014

A todos aquellos que juzgan mi manera de escribir:

Hay veces en las que no podemos escribir, pero sin embargo tenemos la necesidad imperiosa de hacerlo. Las palabras fluyen, siempre lo hacen, pero hay veces que se ríen de ti mientras pasan lentamente por tu cabeza. Parece que lo único que quieren es dejarte claro que no vas a poder ser capaz de transmitir su belleza, por más que lo intentes. 
Para escribir sólo se necesita una chimenea y un buen puro. No fumo, y tampoco tengo chimenea, pero creo que lo único que tiene que haber en la habitación de un escritor es humo. Humo que le impida ver las simplezas que le rodean, usar el arte como evasión de la realidad, que nada tenga sentido: "El arte por el arte de un Góngora pegado a un Quevedo criticado por una nariz casada con un Lope de Vega que en realidad era homosexual. Un señor llamado Espronceda que vivía en el centro de Madrid trabajando como oficinista, cuñado de un drogadicto misógino llamado Bécquer, a su vez enamorado de un estoico llamado Benito Pérez Galdós, descendiente de una tal Santa Teresa de Jesús que vivía viviendo en ella porque tan alta vida no esperaba que moría porque no vivía. Mientras tanto San Juan de la Cruz escribía su "Anticristo" y una tal Emilia Pardo Bazán escribía su obra de mayor éxito: "Cien años de soledad". Cuando Rosa Montero saltó a la fama con su "Cásate y sé sumisa", Carmen Martín Gaite ya había publicado su tercer libro sobre decoración de interiores: "El cuarto de atrás y la buhardilla de arriba". Aunque, sin duda alguna, la obra por excelencia de las letras españolas es "El fabuloso manco Miguel de Cervantes" escrita por el hidalgo Alonso Quijano."

domingo, 2 de marzo de 2014

17

¿Por qué celebramos los cumpleaños? En resumidas cuentas, celebramos que nos queda cada vez menos tiempo en este mundo. Esto son solo simples metáforas, pero todas y cada una de ellas tienen relación conmigo. En vosotros recae la misión de encontrar esa relación.

Una canción incompleta de un grupo retirado, una hoja de té en un bote de café, un "post-it" que se equivocó de nevera, una ola extraviada en el desierto, una cámara sin carrete enamorada de un marco sin foto, una calculadora que no aprendió a sumar, un calendario sin domingos, un túnel que no ve su final.

La canción fue escrita con la dedicación y el esfuerzo de todos los integrantes, pero las notas musicales se declararon en huelga indefinida y mandaron al paro a los músicos. Ellos nunca llegaron a alcanzar la fama, pero las notas pudieron morir libres en el estruendo de una tormenta de verano.

El aroma de la hoja de té se desvaneció entre la amargura de los llantos de los granos de café. Nadie logró apreciar la tristeza que había en cada taza.

El "post-it" cayó en el olvido por culpa de la mano despistada que lo colocó en aquella nevera desinteresada.

La ola no tuvo más remedio que impactar contra aquella gran duna, esparciendo todas sus divagaciones en la inmensidad del desierto.

A la cámara le pusieron un carrete, y la usaron para hacer fotos de carnet. El cuadro fue utilizado para albergar un diploma inmerecido que nadie miraba. La melancolía de ambos provocó su progresivo olvido.

El político advirtió que con esa calculadora podía restar estupendamente, y por eso la compró. Ella fue feliz siendo usada por un infeliz que erradicaba la felicidad.

Aquel ex-amante depresivo fue el que arrancó todos los domingos de ese calendario. "Ojos que no ven, corazón que no siente", se repetía ingenuamente.

El túnel vivió toda su vida sumido en la oscuridad interminable de su existencia. Su finalidad no era otra que la de descubrir que no tenía final. "El dolor nunca se supera, solo te acostumbras a él".

sábado, 11 de enero de 2014

Cádiz

¿Nunca os habéis bañado en la playa mientras llueve? Es la mejor sensación del mundo, os lo aseguro. Empiezas a nadar y todo lo que te rodea es agua, parece que te vas a quedar atrapado en ese instante para siempre. Y quieres quedarte así.

Pero lo mejor es cuando te sumerges y empiezas a bucear. Miras hacia arriba y ves como las gotas se estrellan contra el mar, intentando pasar, intentando tocarte. Pero no pueden, nunca podrán. En ese momento te das cuenta de que necesitas respirar, y vuelves a la superficie. Las gaviotas se balancean con el viento intentando esquivar la lluvia mientras el Sol lucha por quedarse un rato más. Yo quiero que se quede, pero sé que al final siempre se acaba yendo. 

Si vuelvo a la orilla, la arena golpea mi cara con violencia, recordándome que no es ese el sitio que me corresponde. Me vuelvo a zambullir, pero esta vez nado sin parar, sin escuchar las voces que me gritan que me pare. No quiero avanzar demasiado, pero tampoco quiero pararme. Ya desde pequeño me di cuenta de que cuando nadas lo único que importa es lo que tienes delante, y delante siempre tienes agua. No tengo miedo de hundirme, porque sé que cuando deje de nadar el fondo estará cerca de mis pies, invitándome a quedarme allí el resto de mi vida. 

Me fui, pero no me guardes rencor por ello. Volveré, nuestra historia aún no tiene escrito su final. Yo estoy lejos de ti, pero mi corazón sigue allí, enterrado bajo la arena de tus playas.