Aquel día me pareció una buena idea subirme a su carrito y
empujarlo con fuerza mientras levantaba su parte trasera. Pensaba que se iba a
poner a llorar, como siempre hacía, pero sorprendentemente empezó a reírse a
carcajadas mientras miraba al cielo. Siempre fuimos tal para cual, él el alfa y
yo la omega, él el noche y yo el día, las dos partes antagónicas de un puzle que
encajaba en perfecta armonía. Vale, muchas veces era cierto que las que le
gastaba no eran ni medio normales, pero a pesar de eso, siempre era uno de los
dos el que estaba dispuesto a saltarse esa barrera de seis años que nos
separaba y empezar a hablar como si ambos tuviéramos la misma edad. No era la
persona más rápida hablando, pero yo siempre le echaba paciencia y lo escuchaba
poniendo tanto interés como podía.
Es curioso el momento en el que te das cuenta de que tu
hermano está creciendo mucho más rápido de lo que crees. En mi caso, un día mientras
hablábamos, advertí que estaba manteniendo una conversación con una persona que
parecía tener mi edad. Pero no tenía mi edad. Crecía, su niñez se escapaba
junto con su inocencia, y lo único que podía hacer yo era aceptarlo con
resignación. En poco tiempo, se encontraría inmerso en una sociedad que intentaría
devorarlo, una sociedad que se rige por la ley del más fuerte y que no tiene
piedad con los débiles. Una sociedad totalmente distópica.
¿Qué es lo queda de nuestra infancia cuando somos adultos? A
veces pienso detenidamente en este tema, y miro hacia la pizarra de mi clase
con tristeza y nostalgia. Mi yo del pasado, el que era un terremoto y no se
estaba quieto en clase, probablemente estaría separado en una esquina de la
clase por no parar de hablar. Pero allí estoy yo, tomando apuntes como un
poseso y organizando la tarde para hacer deberes. Supongo que se podría considerar
un avance o una mejora, pero, ¿era feliz?
A pesar de ir haciéndome mayor, podía volver a ser un niño y
revivir esos momentos cuando quería, esta era la mayor ventaja de tener un
hermano pequeño. Mi padre siempre contaba una anécdota que le parecía muy
graciosa: un día, mientras me vestía para quedar con mi novia, me vio en mi
cuarto jugando con un avión de juguete. Ese día llegué tarde a la cita. Mi
hermano siempre estaba muy contento de tener un hermano mayor, pero no sabe que
yo lo estaba incluso más de tener uno pequeño, y que además fuera como él. Una
de las cosas que hacíamos cuando nos tumbábamos en mi cama, era poner la oreja
sobre el corazón del otro. Normalmente me solía decir que el mío iba bastante
lento y que parecía ser muy gordo. Nunca usaba la palabra “grande”, siempre
decía “gordo”. Muy simpático.
Nunca dejaremos de ser unos críos. Por mucho que digamos que
tenemos maneras, que somos educados, siempre estaremos pensando lo mal que nos
cae fulanito o menganito y que ojalá pudiéramos tirarle tierra, como se hacía
en los patios de los colegios. Hacer mejores amigos en cuestión de minutos,
pasar de pelarte con alguien a jugar con él en cuestión de minutos, inventarte
juegos con un palo y varios setos sin podar o incluso llorar hasta la saciedad
porque las cosas no salen como tú quieres.
“Carpe diem” porque “tempus fugit” y me gusta mucho el “locus
amoenus”. Perdonad, iba a terminar la entrada de una manera seria, ¿pero a
que
quedan bien unas expresiones latinas de gratis? De pequeño era un graciosillo, y quiero que me recuerden como tal.
quedan bien unas expresiones latinas de gratis? De pequeño era un graciosillo, y quiero que me recuerden como tal.
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