Un día más, disfruto cada uno de los segundos
en los que el frío metal de la cuchilla acaricia todo el contorno de mi rostro.
Rápida y silenciosa, me deja un leve rastro de sangre en mi cuello; un corte
preciso e indoloro que no pasará desapercibido a la lástima de alguna mujer atenta.
Cada segundo que pasa siento menos fuerza para cargar mi maleta, llena de enseres inútiles que solo lastrarán algo que no
quiero que ocurra pero tampoco querré que se revierta en un futuro. Amigo
caminante, ya se terminó eso de hacer camino al andar. Todos los pasos
atraviesan y atravesarán tu memoria como hierros incandescentes, dejando
cicatrices que te perseguirán durante el resto del viaje.
¿Por qué no llorar amargamente sobre la
fugacidad de la vida? En la ineptitud de la pregunta se halla la respuesta, ya que hay algo mucho más triste que ser
consciente de que todo perecerá: darte cuenta de que tu estancia también lo hará.
Distintas etapas en una misma vida, cada una más pretenciosa que la anterior y que
siempre se intentan imponer sobre estas, haciendo todo lo posible por borrarlas.
Siempre creí que Ulises vivía viajando durante el día y moría entre sollozos al
anochecer. Nadie ha nacido para no tener un hogar.
Ya no hay fechas con significados, ni
siquiera lugares que alberguen buenos momentos, simplemente un corazón
acomodado en dos ciudades, que ahora serán tres, clavadas como puñales. Poco a
poco terminaré de construir mi bóveda de cristal, que deformará y me cubrirá de
los halos de luz matinal.