Esta noche amarga el aroma del anacarado jazmín envuelve mis sentidos, siempre tratando de evadirme de ese pedernal al que llamamos realidad. Nado entre sus hojas, susurro antiguos poemas sin destinatario a sus flores, pero lo único que consigo es más dolor en la caída. Esa persona que sigue todos mis pasos desde que comencé a darlos, que en la inmensidad de su ser, es transformado en lo más oscuro de mí o en el nadador más cínico de la superficie del estanque. Sabiendo lo que sé de ti, sabiendo lo que sabes de mí, jamás me darás la libertad que tanto te grito en mis pesadillas silenciosas. Yo moriré contigo, ambos moriremos conmigo.
Vuelve a encenderse la pantalla del ordenador, parece que esta va a ser la última vez que deslumbre al jazmín para que su fulgor blanco cree un halo de falsa certidumbre. Violines y violas culminan ahora en su punto más álgido, como queriendo romper sus cuerdas en señal de desasosiego hacia lo que podría estar sucediendo. No quiero mirar, pero la sal cobijada en mi piel me infunde esa falsa valentía que siempre he poseído. Que bonito sería vivir en la sagacidad de esta noche que nos acontece, siempre en el desconocimiento y en la belleza de que creer puede ser no caer. Esto, sin ser nada, se convierte en todo. Mi vida, siéndolo todo, ha dejado de ser nada.
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