Mapas.
Mapas describían hasta la última curva de tu cuerpo. Con nuestros brazos
entrelazados en un candado, tú evitas que me pierda, yo te rescato de ti misma.
Sin embargo, siempre me terminas abandonando y huyes con Morfeo, mientras yo me
hundo en mi realidad desde los oscuros límites de la almohada.
Cartografío
cada uno de los pensamientos en la estoicidad de tu mente, pero de nada sirve.
Y es entonces cuando una sombra invade el plenilunio de la taza de té frío.
¿Por qué? ¿Por qué vuelvo a ser condenado a no entender el surrealismo de esta
mecánica espacial?
Contigo.
Contigo fue con quien aprendí que es necesario vivir a contracorriente: nacimos
en la muerte de las hojas, morimos en el despertar de las abejas. Aun así,
nadie nunca fue capaz de detener ese criminal que te condena segundo a segundo.
Nosotros no fuimos la excepción, cariño.
En
medio de esta cruzada nocturna, mis manos solo saben pedir asilo en la piel de
tu espalda. Mi cabeza, traidora y cruel aliada, recita con amargura unos versos
de Salinas:
*
Sí, por detrás de las gentes
te busco.
No en tu nombre, si lo dicen,
no en tu imagen, si la pintan.
Detrás, detrás, más allá.
Por detrás de ti te busco.
No en tu espejo, no en tu letra,
ni en tu alma.
Detrás, más allá.
*
Yo no puedo darte más.
No soy más de lo que soy.
Cuanta más belleza descubro en tu rostro, más
efímera te encuentro. Pero, como decía Serrat, “No hay nada más bello que lo
que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí”. Sin embargo, siempre
me vuelves a prometer con esa sonrisa despreocupada que en este día tormentoso,
solo el azul y el rojo sobresaldrán entre la gris y mundana rutina. Miénteme
otra vez, por favor.
A veces, hay razones del corazón que la Razón no entiende.
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